Marina Lima
Cuando la Junta de Gobierno está por decidir quién dirigirá a la UNAM en los próximos cuatro complicados años, sus integrantes harían bien en preguntarse de dónde debe salir el próximo rector: de la élite que no conoce los problemas de la institución porque vive entre algodones y rodeada de lujos, o de las áreas donde están los conflictos y las deficiencias que diariamente enfrenta la Universidad: sobrecupo, saturación, falta de presupuesto, rechazados, acoso sexual, adicciones, bajos salarios, inseguridad y violencia, entre muchos otros. ¿Qué será mejor para la UNAM, un Rector que conozca su cara más ruda por estar en contacto con los problemas, o uno que tenga la visión sesgada que se forma desde la lejanía de la Torre de Rectoría?

La supuesta epidemia de chinches, que la autoridad universitaria negó tímidamente permitiendo que el asunto se convirtiera en un problema de percepción –con todo y psicosis de estudiantes que aseguraban estar llenos de picaduras pero nunca mostraron un conjunto de insectos, mucho menos una infestación en ningún espacio de Ciudad Universitaria–, sirvió para descubrir otro problema: la iniquidad en la distribución del presupuesto universitario.
La falsa plaga, ya se le puede calificar así porque no hay evidencia de la presencia masiva de artrópodos, se reportó en las facultades; donde abundan los alumnos y faltan los recursos. Nunca hubo una denuncia por la presencia de insectos en ninguno de los centro o institutos de investigación, ni tampoco en las oficinas de las diversas dependencias universitarias donde despachan los colaboradores del Rector, donde no hay alumnos sino investigadores o funcionarios, pero más importante aún, donde no hay carencias sino lujos.
En contraste, las facultades y escuelas enfrentaron no solo la denuncia, sino la psicosis de estudiantes que, instalados en la irracionalidad, exigían tanto la fumigación como la suspensión de labores, porque alguno decía tener una picadura y asumía, sin pruebas, que había ocurrido en la universidad y que además, fue producida por una chinche.
Para las facultades y escuelas la fumigación se volvió un imperativo porque ante la manipulación mediática, los estudiantes no querían clases mientras no se fumigara y entonces surgió la primera realidad del llamado chinchegate: las facultades y escuelas no tienen dinero presupuestado para una fumigación de emergencia, a pesar de que reciben diariamente, en sus inmuebles y salones de clase, a miles de estudiantes. Ante la insuficiencia presupuestal y la urgencia de la fumigación para mitigar el temor de los estudiantes, la Rectoría no hizo más que decirle a los directores y a sus áreas administrativas que actuaran, según su criterio, con recursos propios si consideraban indispensable fumigar.

Las autoridades universitarias, con toda una batería de científicos e investigadores a sueldo y a su disposición, no pudieron, o no quisieron, desarticular la falsa versión de la plaga de chinches. La dejaron crecer y después, cuando se tenía que responder con acciones de fumigación para detener la histeria que permitieron crecer por no actuar con oportunidad, dejaron solas y sin recursos para fumigar, a facultades y escuelas.
Esa, la marginación y el castigo presupuestal justo para el área que atiende a la enorme mayoría de los universitarios: los estudiantes y los profesores, es la historia de la otra cara de la UNAM.
Mientras escuelas, facultades y también bachilleratos, son mantenidas en condiciones de auténtica supervivencia, sin recursos para remozar, renovar y mejorar sus instalaciones, en las oficinas de los funcionarios universitarios la realidad es otra. Donde despachan el Rector y su equipo de colaboradores cercanos, y también en los institutos de investigación, donde no hay alumnos ni profesores, sino investigadores con contratos de tiempo completo e ingresos muy superiores a los de los profesores que preparan a los alumnos, lo que sobra son recursos que se traducen en lujos.
Un instituto de investigación de la UNAM o las oficinas de los funcionarios del equipo del Rector, tienen condiciones materiales muy superiores a las de cualquier directivo o funcionarios de una universidad privada mexicana. Aire acondicionado, baños individuales, modernos y bien equipados, acabados de lujo, salas de juntas amplias y espaciosas, accesos controlados aunque se trate de espacios públicos, auditorios con pantallas y proyectores 4K o de Alta Definición Completa, estacionamientos privados y reservados, además de jugosos salarios, son algunas de las diferencias que existen entre la UNAM donde se supone que aparecieron las chinches, y la UNAM donde despachan los amigos del rector y los investigadores que no dan clases, pero investigan por años, aunque nunca descubran nada nuevo.
El origen del próximo rector, o rectora, permitirá anticipar el futuro de las dos caras de la UNAM y su viabilidad como institución, pues el país vive un proceso de cambio político y la Universidad no debería ignorarlo.
